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sábado, 10 de enero de 2015

Romance Biedermeier

Un aire de perpetua nostalgia, de romance elegíaco, dominó aquel tercio de siglo después del Congreso, que llegó a ser conocido como la época de Biedermeier.

Fue una época de cosas pequeñas, cosas delicadas, de operetas, sonatas, canciones y valses, de poemas, farsas y miniaturas, de tazas de chocolate de frágil porcelana vienesa pintadas con paisajes minúsculos cupidos dorados, de abanicos bordados, de pequeños ramilletes de flores de tono pálido, con un cerco de encaje.

Viena danzante

Cada casa tenía jardín y también en el papel de las paredes y en las telas crecían las flores. Pequeñas casitas rodeadas de verdor, surgieron en los suburbios de Viena, con muros y pabellones cubiertos de hiedra. Dentro de la ciudad, la gente paseaba cerca de las murallas o a lo largo del Graben, deteniéndose para tomar un pastel o un helado, eligiendo entre gran variedad de sabores, desde la violeta al cinamomo, la rosa o la castaña, el membrillo, la crema y el ponche. Las cafeterías de Viena empezaban a ser conocidas como islas de paz, donde un hombre podía ir a fumar su pipa con tranquilidad, leer el periódico (evidentemente censurado), hablar de Dios y del mundo, escribir versos o piezas musicales y tomar café, preparado de catorce maneras distintas. Ya no era la aristocracia, sino la clase media, la que ponía su sello en la sociedad y en el gusto dominante. Todo era Bürgerlich (Civismo).

Apareció el primer buque de vapor en el Danubio y las primeras luces de gas en las calles de Viena. (La Compañía de Gas se ofreció graciosamente a iluminar con el nuevo invento la cripta de los Habsburgo, en la Iglesia de los Capuchinos, oferta que el Emperador rehusó firmemente. Los hachones prestaban luz suficiente a los fantasmas eminentes de sus antepasados.) Si bien las obras que se representaban en los teatros -incluso las de Shakespeare- eran cuidadosamente censuradas por razones políticas, sin embargo la música seguía siendo posesión de todos. Beethoven era admirablemente interpretado en las tabernas, a lo largo de las principales avenidas del Prater. Y en los “bailes salchicha” -modestas diversiones en las que la cerveza y las salchichas sustituían al champagne y al faisán- se estrenaron algunas de las más lindas canciones de Francisco Schubert. Poco después se hicieron muy populares las veladas musicales en casa, llamadas Schubertiades por el compositor, en las que los amigos se reunían para tocar y bailar, como hiciera el círculo bohemio de Schubert. Y, en una ciudad de 200.000 personas, existían aproximadamente sesenta y cinco talleres dedicados a la fabricación de pianos.
(Dorothy Gies)






1 comentario:

  1. Me gustó la ambientación, que mundo aquel que no podremos conocer a no ser que entremos en el tunel del tiempo, la calle que pusiste me recordó a una de Praga.

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