Un aire de perpetua nostalgia, de romance
elegíaco, dominó aquel tercio de siglo después del Congreso, que llegó a ser
conocido como la época de Biedermeier.
Fue una época de cosas pequeñas, cosas
delicadas, de operetas, sonatas, canciones y valses, de poemas, farsas y
miniaturas, de tazas de chocolate de frágil porcelana vienesa pintadas con
paisajes minúsculos cupidos dorados, de abanicos bordados, de pequeños
ramilletes de flores de tono pálido, con un cerco de encaje.
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Viena danzante
Cada casa tenía jardín y también en el papel
de las paredes y en las telas crecían las flores. Pequeñas casitas rodeadas de
verdor, surgieron en los suburbios de Viena, con muros y pabellones cubiertos
de hiedra. Dentro de la ciudad, la gente paseaba cerca de las murallas o a lo
largo del Graben, deteniéndose para tomar un pastel o un helado, eligiendo
entre gran variedad de sabores, desde la violeta al cinamomo, la rosa o la
castaña, el membrillo, la crema y el ponche. Las cafeterías de Viena empezaban
a ser conocidas como islas de paz, donde un hombre podía ir a fumar su pipa con
tranquilidad, leer el periódico (evidentemente censurado), hablar de Dios y del
mundo, escribir versos o piezas musicales y tomar café, preparado de catorce
maneras distintas. Ya no era la aristocracia, sino la clase media, la que ponía
su sello en la sociedad y en el gusto dominante. Todo era Bürgerlich (Civismo).
Apareció el primer buque de vapor en el
Danubio y las primeras luces de gas en las calles de Viena. (La Compañía de Gas
se ofreció graciosamente a iluminar con el nuevo invento la cripta de los Habsburgo,
en la Iglesia de los Capuchinos, oferta que el Emperador rehusó firmemente. Los
hachones prestaban luz suficiente a los fantasmas eminentes de sus antepasados.)
Si bien las obras que se representaban en los teatros -incluso las de
Shakespeare- eran cuidadosamente censuradas por razones políticas, sin embargo
la música seguía siendo posesión de todos. Beethoven era admirablemente
interpretado en las tabernas, a lo largo de las principales avenidas del
Prater. Y en los “bailes salchicha” -modestas diversiones en las que la cerveza
y las salchichas sustituían al champagne y al faisán- se estrenaron algunas de
las más lindas canciones de Francisco Schubert. Poco después se hicieron muy
populares las veladas musicales en casa, llamadas Schubertiades por el compositor, en las que los amigos se reunían
para tocar y bailar, como hiciera el círculo bohemio de Schubert. Y, en una
ciudad de 200.000 personas, existían aproximadamente sesenta y cinco talleres
dedicados a la fabricación de pianos.
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